
¡Amada!
Cuan a solas penséis en mí,
Penséis como pensáis en las criaturas muertas:
Sin tregua, ni dolor
Al admirar a menudo el altar más dulce
De cuyo serafín en sus alas desplego.
-“¡No quiero, pese a todo, ser mal interpretada. Frecuentemente he perdido todo sentido de movimiento o de mi existencia física; pero mi cabello se vigoriza, desafía el estado agudo de los años, y, su color es de visión perturbadora. Es un caso primario, quien se revistiera con ese vino tinto que contrasta de modo insensible al azul terciario de mis ojos; moriría!”
- murmuraba johanita mientras se reflejaba ante la multitud individualista de su espejo.
Consideraba yo a johanita la mayor parte, y esencia de mi existencia como almuédano que erra en su meca, a menudo su objeto habitualmente trivial era en sí, ella. Aunque, el aspecto de su intuición transcurriera en frecuencia su faculta analítica, y su facultad mental, la cual cobraba mayor intensidad en el ser moral.
Entre los lapsos en cuerpo y alma, era habitualmente la segunda; perpetuaba un carácter monomaniaco e incluso era mi impulso. Aun así, la faculta ambiguamente extraña de mi frecuencia mental, entre lo ingenioso e imaginativo analítico recaía a su lado, de distinta manera se produjo un acoplamiento cotidiano.
Johanita y yo, a ciencia cierta forjamos la palabra amistad, en propia corriente metafísica y de admiración. De otro modo, admiraba su capacidad lectora ascendiente de otra generación que constituía desde los cantos de homero hasta el racionalismo, y mayéutica irónica de Sócrates, quizás, menciono que la inteligencia del lector conjeture.
Frecuentemente me ubicaba a su lado, me precipitaba, y entre tanto transformaba su vida, al momento en que penetraba sus recuerdos, sus hábitos sin la más sutil idea. Me decía:
- ¡voy a morir!
-¡La muerte acarrea mi espalda! -exclamaba-
Esto provocaba la existencia trémula de sus miembros, y el desbordamiento de lágrimas en sus ojos.
Ingería dos pastillas para apaciguar la irritación, y más tarde sus nervios despóticos a la hora en que sus cigarrillos, en carácter palpable mitigaban su desesperación.
Transcurrieron las horas. Se hallaba de bruces mientras releía un enorme relato. Y, aunque, su razón mostraba semejanza. En cierto instante, una nueva alteración. Arrancaba con furia sus cabellos, gemía la desdicha. Impávida a la especulación gemía:
¡Me calcino!
¡El agua es fuego y penetra mis ojos!
¡Moriré!
¡Maldita vida!
¡Me muero!
¡Tened piedad de mí. Demonios!
¡Muero!
Permaneció absorta; despertó a su existencia física, y su dolencia, se mostraba en los claustros de un manicomio.
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